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La Ciencia y la autoridad

La Ciencia y la autoridad

Dr. Marco Antonio Sánchez Ramos. Facultad de Ciencias Naturales, Universidad Autónoma de Querétaro, México. masr@uaq.mx

 

La palabra autoridad es una derivación indoeuropea del verbo latino auguere que significa aumentar, hacer crecer. Su significado original no se relaciona con lo que actualmente le adjudicamos a las autoridades policíacas, al Papa, al Presidente de la República, a los padres o a los profesores y administrativos de una Universidad que, sin tener muchas veces autoridad en el sentido original, si ejercen su poder o potestad para dominar a los demás.

 

Hace poco más de tres siglos y medio, surgió en Inglaterra la Royal Society, una sociedad científica que tenía como lema la frase latina Nullius in verba, que se usaba durante la presentación de las conferencias en su recinto, para recordar que en la ciencia las discusiones son En voz de nadie, es decir que se debe valorar la idea por encima de quien la emita, porque no debe importar qué títulos nobiliarios, académicos o administrativos posea alguien, sino lo que diga o haga para fomentar la comprensión del mundo.

 

Si consideramos que lo que diga un científico ganador del Premio Nobel, el Rector de una Universidad o el Presidente de la República tiene un valor o significado por sí mismo, estaremos fallando en nuestro pensamiento crítico y nuestra necesidad de observar con detenimiento e indagar alternativas del pensamiento. De igual forma, si desechamos las ideas por el simple hecho de que provienen de personas no reconocidas, sin estudios de posgrado, sin premios, o de nuestros jóvenes estudiantes, estaremos contraponiéndonos a un correcto pensamiento científico que nos impulsa a discutir las ideas, no a los individuos. Si así lo hiciéramos, sería básicamente lo mismo aceptar el dogma que nos impone un líder religioso, que votar ciegamente por las promesas sin fundamento de un líder político, o tener un acto de fe ante cualquier verdad científica que nos imponga un científico reconocido.

 

Es claro que las personas que llevan años formándose en el pensamiento científico van adquiriendo autoridad académica y moral y se vuelven más confiables mientras sigan desarrollando sus actividades en la ciencia (o en la política, si ese fuera el caso), pero si son verdaderos pensadores científicos, estarán atentos a las propuestas alternativas, incluso si se contraponen con las suyas y, llegado el momento, cuando esas otras propuestas tengan bases más sólidas, o expliquen mejor el mundo, deberá de reconocerlo sin importar los años o los premios que haya o no acumulado su colega.

 

Un ejemplo bello de este comportamiento lo protagonizó Jean Batiste Biot, físico experto en el comportamiento de la luz polarizada, que a la edad de 74 años se enfrentó con el joven Luis Pasteur de 22 años, quien le demostró que un compuesto químico exactamente con la misma estructura, podía desviar la luz polarizada en distintas direcciones. Ahora conocemos a estos compuestos como estereoisómeros, pero en 1848, la demostración de Pasteur se contrapuso con los conocimientos de Biot y, a pesar de la gran diferencia en edad y experiencia que los separaba, éste pronunció las siguientes palabras: “Mi querido colega, he amado tanto las ciencias durante mi vida, que esto hace latir mi corazón”.

Biot, por supuesto, tuvo una gran autoridad académica antes y después de esta disputa, pero el joven Pasteur tuvo la oportunidad de discutir sus ideas sin que esa autoridad interfiriera.

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